Evangelio según San Juan 19,25-27.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
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Junto a la Cruz de Jesús, estaba su Madre...
María siempre está junto a la cruz, por una razón muy sencilla. La cruz es el signo del amor de Dios: "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo por nosotros...", por lo tanto, la cruz siempre está con un Cristo. No existe la cruz sin Cristo y no existe Cristo sin su cruz. Incluso Jesús resucitado lleva en sí las huellas de la cruz en sus manos, pies y costado, porque ella, la cruz gloriosa, no se puede separar de Cristo.
Entonces, si Jesús siempre está con su cruz, y donde está la cruz está Cristo, entonces, ¿con cuánta más razón está María al pie de la cruz? ¿Por qué? porque María siempre está con Jesús.
Donde está el uno está el otro, ya que su unión es inseparable. María y Jesús se atraen de una manera especialísima porque el alma de María es irresistible al Buen Dios, tanto fue así que el Espíritu Santo la tomó por Esposa y habitó en Ella de una manera total y definitiva.
Entonces ¿Por qué Jesús le entregó a María al discípulo y al discípulo a María? porque sabía bien que quien está con María, irremediablemente está con Él.
Todo por la Inmaculada, nada sin Ella.
15 septiembre, 2011
14 septiembre, 2011
Miércoles, 14 de septiembre de 2011. Lc 7, 31-35
Esta generación no se deja impregnar el corazón de la melodía de la Virgen María, que llora frecuentemente por las almas, somos nosotros cuando no meditamos con amor, cuando convertimos nuestra oración en rutina, cuando nuestra vida espiritual se vuelve insípida, cuando lo único que hacemos es criticar y mirar hacia afuera, pero falta vida interior.
El discípulo de la Sabiduría Encarnada le conoce y porque conoce su amor en acción, le reconoce presente en búsqueda de los pecadores, en búsqueda de las almas. ¿Somos discípulos de la Sabiduría? Si es así, seríamos capaces de ver lo sobrenatural en lo temporal, seríamos capaces de hacer todo en clave de eternidad.
Madre santísima, Madre de la Sabiduría, has que sea más intimo nuestro encuentro con Cristo, que seas tú quien medite en nuestro corazón para poder reconocerlo vivo y real en nuestras almas, en la cotidianidad, en nuestro contexto, en la vida de oración y en el apostolado. Amén.
Evangelio según San Juan 3,13-17.
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
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¡Hemos sido salvados a precio de cruz! ¡Tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo por nosotros! ¿Pero a qué mundo se refiere si en otro pasaje dice Jesús: "no te pido por el mundo sino que los saques del mundo"? Este mundo del que habla es la humanidad entera. Los hombres nos hemos robado el corazón de Dios (qué quiso tener un corazón para que nosotros nos lo robáramos). Por lo tanto, podemos dejarnos amar o no por aquel Corazón traspasado, elevado en el madero por nuestra salvación, o por el contrario podemos despreciar tanto amor. Pero ¿Será capaz un alma de despreciar a Dios después de ver todo lo que hace por nosotros? ¿Será capaz un alma de olvidar todo lo que se ha hecho por ella? Entonces, ¿por qué no bebemos copiosamente del amor de Dios y de su costado traspasado en cada instante de nuestra vida?
Si fuéramos más de la Inmaculada... ahhh. ¡Qué diferente sería todo!
Dice Jesús:
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
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¡Hemos sido salvados a precio de cruz! ¡Tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo por nosotros! ¿Pero a qué mundo se refiere si en otro pasaje dice Jesús: "no te pido por el mundo sino que los saques del mundo"? Este mundo del que habla es la humanidad entera. Los hombres nos hemos robado el corazón de Dios (qué quiso tener un corazón para que nosotros nos lo robáramos). Por lo tanto, podemos dejarnos amar o no por aquel Corazón traspasado, elevado en el madero por nuestra salvación, o por el contrario podemos despreciar tanto amor. Pero ¿Será capaz un alma de despreciar a Dios después de ver todo lo que hace por nosotros? ¿Será capaz un alma de olvidar todo lo que se ha hecho por ella? Entonces, ¿por qué no bebemos copiosamente del amor de Dios y de su costado traspasado en cada instante de nuestra vida?
Si fuéramos más de la Inmaculada... ahhh. ¡Qué diferente sería todo!
Dice Jesús:
Estoy a la puerta y llamo, esperando que me abras
ábreme que quiero entrar, que estoy a la puerta y llamo.
Si me abres entraré y yo cenaré contigo, si no me abres estaré
afuera como un mendigo.
El corazón que te he dado, es morada que yo anhelo
pero es tan digno y sagrado, que estoy a la puerta y llamo.
13 septiembre, 2011
Martes, 13 de septiembre de 2011. Lc 7, 11-17
Un gentío considerable de la ciudad acompañaba a aquella mujer viuda, pero nadie podía ayudarla, sólo Jesús pudo entregarle a su hijo. Puede ser que sea mucha la gente que nos rodee, más solo nuestro Señor puede responde a nuestro corazón, solo de Él se obtiene la verdadera compañía, solo en su corazón nos refugiamos.
Ahora bien, si el Señor se conmueve de tal manera al ver el sufrimiento de aquella mujer, cuánto más lo hará con su Madre, que llora por ti y por mí, que llora por las almas que no han querido aceptarle en su corazón, que intercede por nosotros, sus hijos que somos tan frágiles y débiles, cuanto más no seremos santos ante el clamor de la Inmaculada.
Madre, Reina, Señora mía, interceded por nosotros para que rápidamente seamos santos, para que amemos verdaderamente, para vivir en unión intima contigo y con tu adorado hijo Jesús.
Cuanto amor ante el dolor de la Madre
(Lc 7, 11-17) Hay un hecho que me llama la atención de este hermoso evangelio: A Jesús nadie le pidió que hiciera nada.
Normalmente leemos pasajes donde las personas angustiadas acuden a Jesús a pedirle algo y Él obra el milagro. En este caso basta con ver el sufrimiento de la madre. Madre que prefigura la situación de su propia Madre, nuestra amada María.
Esta escena tiene una madre que llora ante la muerte de su hijo y está junto al féretro cual María ante la Cruz. Jesús da consuelo a su corazón con la resurrección de su hijo preparando así aquel Inmaculado que explotará de amor al ver la tumba vacía en la mañana de aquel glorioso domingo.
Jesús entrega personalmente al muchacho a su madre con los ojos puestos en el calvario cuando entrega al discípulo amado a la Reina de Su Corazón.
Cuanto habrá significado el recuerdo de este momento clavado en la Cruz. Que grande es el corazón de una madre que "roba" un milagro de Jesús sin siquiera pedirlo.
Santísima Madre, que cada día te ame más! ¡Quiero ser el fuego de tu corazón Inmaculado!
Normalmente leemos pasajes donde las personas angustiadas acuden a Jesús a pedirle algo y Él obra el milagro. En este caso basta con ver el sufrimiento de la madre. Madre que prefigura la situación de su propia Madre, nuestra amada María.
Esta escena tiene una madre que llora ante la muerte de su hijo y está junto al féretro cual María ante la Cruz. Jesús da consuelo a su corazón con la resurrección de su hijo preparando así aquel Inmaculado que explotará de amor al ver la tumba vacía en la mañana de aquel glorioso domingo.
Jesús entrega personalmente al muchacho a su madre con los ojos puestos en el calvario cuando entrega al discípulo amado a la Reina de Su Corazón.
Cuanto habrá significado el recuerdo de este momento clavado en la Cruz. Que grande es el corazón de una madre que "roba" un milagro de Jesús sin siquiera pedirlo.
Santísima Madre, que cada día te ame más! ¡Quiero ser el fuego de tu corazón Inmaculado!
12 septiembre, 2011
Lunes, 12 de septiembre de 2011. Lc 7, 1-10
El centurión envió unos ancianos a rogarle a Jesús que fuera a sanar a su criado, pero luego le manda a decir con unos amigos que no era necesario que fuera, que con solo una palabra quedaría sano.
En el período de camino del Señor hacia la casa del centurión, aquel hombre aumentaba en virtud, en la fe y en la humildad de reconocerse indigno. Mientras se espera el milagro debemos actuar con confianza y reconociendo el Amor de Dios, reconociendo nuestra poquedad, en la cual se fija el Santo de los santos.
Dios se atreve a mirar nuestra miseria, desde su corazón brota cada milagro, de su corazón brota María, de quienes no somos dignos de recibir en nuestra casa. Gracias Señor, porque nos amas y amas a quien amamos, quiero amar a quien tú amas.
En este evangelio no es el centurión quien se acerca primero al Señor, si no que manda primero a unos ancianos a que intercedan por el, tal ves no se sintió digno de estar en la presencia de tal hombre, tan grande, tan majestuoso, tan admirable, lo hermoso acá es que este hombre el centurión, dice después "no soy digno de que entres en mi casa" primero se abaja, se hace pequeño y sencillo ante la grandeza de tal hombre, que amor...
y después pide para si la gracias, en cambio nosotros que lo tenemos ahora también vivo realmente en la santa eucaristía no apreciamos el valor tan infinito que tiene estar en tal presencia, y no comprendemos que debemos decirle en cada momento de nuestra vida, Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastara para sanarme, desde el inmaculado corazón de María llegaremos al corazón eucarístico de Jesús.
No soy digno
Evangelio según San Lucas 7,1-10.
Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho.
Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor.
Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: "El merece que le hagas este favor,
porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga".
Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa;
por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: 'Ve', él va; y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: '¡Tienes que hacer esto!', él lo hace".
Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe".
Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.
___
Yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una palabra y bastará para que mi sirviente sane... ¿Será que verdaderamente creo eso? ¿Creo en la Palabra de Jesús? Señor, soy un desconfiado de tu misericordia, de tu bondad, de tu amor, de tu poder. Soy un desconfiado de tu amor, y a veces pienso que no serás capaz de obrar en mi vida. ¿Por qué soy tan terreno y pienso de una manera tan rastrera? Qué bueno sería poder amar y amar y entregar mi corazón al amor del corazón de Cristo.
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero ¿sabes qué? quiero serlo. Quiero vivir esta vida que me has dado, con todo el corazón. Quiero amar hasta que duela; quiero poder entregarme como alimento a los demás. En fin, buen Jesús, quiero quererte.
Gracias Madre Inmaculada, porque estás con nosotros, y por medio de ti nos hacemos menos indignos de recibir al Señor... Puedo decir sin miedo: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, más con María puedo serlo, y una palabra tuya bastará para sanarme.
Todo por la Inmaculada, nada sin Ella.
Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho.
Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor.
Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: "El merece que le hagas este favor,
porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga".
Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa;
por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: 'Ve', él va; y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: '¡Tienes que hacer esto!', él lo hace".
Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe".
Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.
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Yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una palabra y bastará para que mi sirviente sane... ¿Será que verdaderamente creo eso? ¿Creo en la Palabra de Jesús? Señor, soy un desconfiado de tu misericordia, de tu bondad, de tu amor, de tu poder. Soy un desconfiado de tu amor, y a veces pienso que no serás capaz de obrar en mi vida. ¿Por qué soy tan terreno y pienso de una manera tan rastrera? Qué bueno sería poder amar y amar y entregar mi corazón al amor del corazón de Cristo.
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero ¿sabes qué? quiero serlo. Quiero vivir esta vida que me has dado, con todo el corazón. Quiero amar hasta que duela; quiero poder entregarme como alimento a los demás. En fin, buen Jesús, quiero quererte.
Gracias Madre Inmaculada, porque estás con nosotros, y por medio de ti nos hacemos menos indignos de recibir al Señor... Puedo decir sin miedo: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, más con María puedo serlo, y una palabra tuya bastará para sanarme.
Todo por la Inmaculada, nada sin Ella.
11 septiembre, 2011
Amar
Este evangelio, evidentemente habla del perdón, y de como nosotros debemos perdonar a los demás, para que el Señor nos perdone, seria una verdadera osadía recitar el padre nuestro si tenemos una riña con nuestro hermano.de que le sirve al hombre ser famoso para otros, si es olvidado por su padre que esta en el cielo; el mundo nos enseña a odiar, y quien es amigo del mundo es enemigo de Dios, por eso hay que amar, amar sin media, amar con la locura, con la locura que amaron tantos que ahora veneramos en los altares, amar en el hogar, amar en el trabajo, amar en la calle, amar en todo lado, jamas cansarnos de amar, y así lograr hacer la voluntad de Dios en nuestra vida.
Madre del silencio enséñanos a amar como tu amaste, guardando todo lo que nos hacen nuestros hermanos en el corazón, sanando y olvidando.
Todo por la inmaculada, nada sin ella.
Domingo, 11 de septiembre de 2011. Mt 18, 21-35
Al ver el empleado su enorme deuda pide paciencia al rey, pero él no hace caso a quien le pide paciencia. Muchas veces nuestro comportamiento es igual, queremos que Dios y todas las personas que nos rodean nos tengan paciencia, nos comprendan la fragilidad; sin embargo, nosotros nos somos pacientes con los dos demás ¡qué contradictorio!
El cielo, lo vivimos desde ya con la siguiente lógica: recibimos alegremente el perdón de Dios y damos perdón; recibimos el amor de Dios y damos su amor. Para poder hacerlo debemos estar convencidos de la magnitud de la misericordia de nuestro Señor.
Dice la RAE que la paciencia es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse y esta gracia solo se recibe del Señor, teniendo su mismo corazón, su mismos sentimientos, estando totalmente unidos a Él como la Inmaculada.
Madre Santísima, que tu paciencia heroica, me llene y me alcance la misma acción amorosa de Cristo. Totus Tuus.
Gracias Pedro
Evangelio según San Mateo 18,21-35.
Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
___
Pedro, Pedro. ¿Por qué le preguntaste eso a Jesús? ¿Por qué te acercaste con tanta "tranquilidad" a preguntar acerca del perdón? ¿Será acaso, Pedro, que creías haber perdonado lo suficiente? ¿A quién tenías que perdonar y cuántas veces lo habías hecho? Pedro, Pedro. Gracias porque si no hubieras preguntado eso no habríamos comprendido cuánto nos ama el Señor y cuánto nos ha perdonado. Gracias, porque si no hubiera sido por tus "riñas" con alguien a quien habías perdonado casi siete veces, entonces no sabríamos que el perdón es infinito. Pedro, si no hubiera sido por tu pregunta no comprenderíamos que el Señor nos perdona y nos perdona, y nos perdona siempre.
Gracias Pedro, muchísimas gracias.
Todo por la Inmaculada, nada sin Ella.
Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
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Pedro, Pedro. ¿Por qué le preguntaste eso a Jesús? ¿Por qué te acercaste con tanta "tranquilidad" a preguntar acerca del perdón? ¿Será acaso, Pedro, que creías haber perdonado lo suficiente? ¿A quién tenías que perdonar y cuántas veces lo habías hecho? Pedro, Pedro. Gracias porque si no hubieras preguntado eso no habríamos comprendido cuánto nos ama el Señor y cuánto nos ha perdonado. Gracias, porque si no hubiera sido por tus "riñas" con alguien a quien habías perdonado casi siete veces, entonces no sabríamos que el perdón es infinito. Pedro, si no hubiera sido por tu pregunta no comprenderíamos que el Señor nos perdona y nos perdona, y nos perdona siempre.
Gracias Pedro, muchísimas gracias.
Todo por la Inmaculada, nada sin Ella.
10 septiembre, 2011
Sábado, 10 de septiembre de 2011. Lc 6, 43-49
¿Cómo saber lo que hay en el corazón? ¿Cómo saber si hay verdadera virtud?
Nuestro Señor nos da hermosamente la respuesta, quizás no habría nada que decir, Él es demasiado claro, nos enseña que en primer lugar, la virtud brota del interior, lo externo es manifestación de lo interno, pero para que en realidad sea coherencia, debe ser constante en el tiempo y en las diversas circunstancias la intención de bondad; se podría decir diversas cosas pero las obras confirman o niegan lo que los labios afirman.
La casa solida es la de aquel que se acerca a Jesús, que es familiar con Él, porque en la profundidad del corazón es transformado, de la intimidad brota el amor exterior. María, cuando llegó la tormenta del sufrimiento permaneció de pie en la cruz, porque su cimiento era el amor, la fe y la caridad y esto nadie se lo podía quitar.
Mamita, eres demasiado fuerte, tu fortaleza es la cercanía a Jesús, la seguridad de tenerle, has que sea más íntimo nuestro encuentro con Cristo. Amén.
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